viernes, mayo 08, 2009

Caramel Macchiato (parte II)

El tipo del libro espera su turno en la fila sin saber que pedirá, detrás de la pareja de abuelos, y detrás de David. Mira los cientos de combinaciones posibles para su futuro café, escuchando lo que los demás ordenan, creyéndolas todas buenas opciones. Resolvió de antemano de que si llagaba su turno y aún no se decidía, pediría lo mismo que el último que ordenara sin importarle qué fuera, con tal que el tiempo de indecisión, luego que Jenifer le dijera: "¡Hola!, ¿Cómo te llamas? y ¿qué deseas?"..., no fuera lo suficientemente extenso como para evidenciar lo inadaptado que era socialmente, en cuyo caso balbusearía y compraría cualquier cosa -hasta el muffin descompuesto- y se iría a cualquier parte lejos de allí para no volver nunca. De pronto, sin haberse dado cuenta, más adelante en la fila se le apareció, cual Mefistófeles a Fausto, una mujer que le daba una perfecta espalda y que, gracias a que traía el pelo tomado sobre el cuello, podía verle desnuda. Desnuda tan sólo de una polera abierta hasta los hombros que desnudaba sutilmente su hombro izquierdo y todo el largo de su cuello. Y es que a veces la desnudez más sensual se logra en la mezcla exacta entre ropa y desnudez. Las personas desaparecieron junto con los ruidos, los olores, los colores y el resto de cosas, dejándola sola, a ella de pie, de espalda e inmóvil, plantada ahí en medio de la nada. La vio hermosa. Se le hizo urgente conocer dos cosas para tranquilizar su exaltado ánimo: su nombre y su rostro. Lo primero, para sintetizar en un concepto el cúmulo de sensaciones que se le dispersaban en su alma para luego, en la gran biblioteca del recuerdo, tomar aquel libro cuyo nombre podría evocar esta maravillosa sensación; cada vez que estuviera a punto de dormir, acariciaría la imágen de él besándola inagotablemente en algún improbable futuro. Lo segundo, para que su nombre tuviera sustancia material a la cual poder anclar su subjetividad y su recuerdo con la promesa de no olvidarla jamás, como jurara antes también con miles de de otros rostros fugaces de muchachas ya olvidadas -o quizás, nunca recordadas apropiadamente- a las que jamás les supo sus nombres.

En ese momento fue el turno de ella, y antes de que pidiera su orden él sabía que le preguntarían su nombre y pensó nuevamente: “Que suerte estar en un café donde justo a uno le preguntan el nombre”. Aunque poco sabía él que mientras más alto crece su esperanza en acontecimientos futuros y fortuitos más duro caen al suelo caótico el azar de la decepción del presente.
Lo único que debía hacer era escuchar. Deseó fuertemente no quedar sordo por algún gen recesivo que tuviera su estirpe y que se le manifestara justo ahí sin aviso, o que dios incluso no lo privara del don de la audición sólo por haberle dado la gana de castigar alguien justo ése día -martes con lluvia-. Dejando de lado estas supersticiones, tomó la precaución de fijar toda su atención en el espacio que había entre la mujer de espladas y Jenifer. Pero, al intento de aumentar su percepción auditiva, proporcionalmente aumentaron también todos lo demás ruidos: la máquina del espresso hirviendo vapor, una de las dos jugueras que bate la mezcla del café y crema, las voces de la demás gente, el traprero con el que David limpiaba el suelo, el paso del mundo, sus propios latidos cardiacos… creyó incluso escuchar la respiración atorada de una hormiga que se cruzaba por la nube de humo del último cigarro que prometió fumar la Sra. Delaila sentada incómodamente sobre sus hemorroides en el sofá del segundo piso. Gran decepción tuvo porque no pudo entender palabra en esta batahola de ruidos dispersos. Vio que anotaron el nombre de ella en un vaso plástico y que ahora tomarían su pedido. Su estado de decepción hizo volver los ruidos ambientales a su intensidad original y con ello -y accidentamente- logró escuchar la orden que pedió -último vestigio de un deseo sin nombre- que cinceló en su memoria como si hubiese escuchado su nombre: Caramel Macchiato, había dicho ella.

martes, abril 14, 2009

Cementerio

Esta es una palabra que he visto nacer, en la imaginación práctica, fuera de los lindes del habla, allá donde soñamos...


Viajo en un vehículo rojo dirección Este. No sé si era un auto o una micro. La carrocería era grande en su apariencia externa pero su interior era privado como en los autos pequeños; un techo a pelos de distancia y un aire enrarecido, seguramente por la mala circulación del mismo en un espacio tan pequeño. Allí iba, entre pasajero y copiloto, en el asiento de atrás, junto a compañeros invisibles, amigos que nunca he conocido, ni los recuerdo siquiera (tanto, que no debería nombrarlos - pero, a pesar de ello allí también estaban-), mirando hacia afuera, viendo lo estático diluirse en lo continuo, fluidificaciones de la forma que pareciera mirarse tras un espejo imposible; yo, que viajo ante lo estático y lo diluido, y aquello estático que me diluye hacia lo continuo; colores en los muros, los árboles, el pavimento, el pasto y el cielo, todo cobra una uniformidad promedio, una masa indescriptible, precipitándose a velocidad en aumento. Luego recordé, como si ya hubiera soñado esto , que había continuado este camino a pie. Así que bajé del vehículo y seguí a pie por el camino recto hacia el Este. La velocidad no se detuvo. Seguía diluido en ella, acuarelado. Corriendo tan rápido que ya no corría, sólo me desplazaba. Perdí total forma corpórea, era lo mismo que una pintura en la muralla en velocidad; con pigmentos propios sí, pero dentro de la masa indescriptible que observé antes; efluvios de algo muy parecido a nada.

Viajé muy rápido, vi colores gruesos, redondos, que se atravesaban en mi camino como si la luz se detuviera, como si cayera al suelo en pequeños círculos grandes. Subí por una calle empinada, mientras volvía poco poco a tomar forma, mí forma, y mi alrededor también lo hacía; noté que eran techos de casas; humildes, miserables, patéticas, absurdas, irreconocibles, extrañas, abandonadas, antiguas, terribles, maquetas, proyectos, casi verosímiles, fantasmales. La velocidad disminuye, o soy quien parece alcanzarla.

Como dije, sin haber pronunciado nada, el Sol sólo iluminaba. La temperatura no existía aunque diera una fuerte impresión de lo contrario; el lugar era realmente algo muy parecido a un día muy soleado. El lugar, se extendía abandonado, tanto, que de hecho no me parece apropiado llamarlo lugar. Allí vagué, en aquél segundo análisis, caminando por pensamientos sobre qué era lo que ahí estaba haciendo y porqué. No escuché al gato que me llamó y decidí rápidamente seguirlo, supongo, a algún lugar. Salí desde un abandonado patio hacia una abandonada calle, miré y vi su todo vacío, vaciado. Lo más cercano a la nada de lo que he estado. Porque de haber nada no podría saberlo, no tendría cómo medirlo. Habían cosas; una calle, el día, lo caluroso, pero mientras más cosas más vaciado crecía el mundo. Me encontré al final de una calle que salía al final de otras calles que desembocaban todas en esta esquina, nunca la soledad me había sido tan densa y espesa, se la podía respirar como al humo, se me pegaba en la piel como el sudor seco y húmedo del más insoportable verano mientras se delira con hipertiroidismo. Me sentí rodeado por algo más anciano que el tiempo, como frente a un cuaderno en blanco antes de inventar la escritura. Como estar entre las patas de los elefantes de Dalí, allá abajo muy abajo de las cosas que existen y que se sostienen frágiles sobre el vacío. Tan grande y pesado era que, con mi presencia apenas podía soportalo, tan ínfima, que creí desaparecerme.

Entonces tuve que andar más a prisa para llegar a algún lugar. Pero esta no presencia se estaba apoderando de la mía, y tuve que moverme con toda la fuerza que tenía; era como si estuviera en la profundidad del mar y el océano completo fuera esta soledad que me aprisionaba (y es que no conozco nada más vasto). Mientras corría tras el felino logré hacerme preguntas sin respuestas.

De pronto, entre el vector de las luces y sombras, el gato entró a una casa; dentro, y aún invisible, noté que detrás de una puerta entreabierta podía olfatear el rastro de la gatuna presencia recién movida (fácil percepción cuando no hay nada). Sintiendo ya el fnal de este principio me precipité dentro y no fijé en detalle alguno, sabiendo que lo que vería serían cosas que emanaban no presencia vigilante omnipresente de todo. Entré sabiendo a qué pieza dirigirme. Afuera: el Día, dentro de Noche; irónicamente abandonada a ecos de silencio. Entré a la pieza que estaba más oscura, oscuridad sólo posible de día. Había allí sólo una cama, simple, en absoluto cómoda y un bulto tapado con una única frazada, sin sábanas ni almohadas.

Quise despertarlo, dar fin a toda la terrible no presencia. Destapé el bulto y una forma emergió despertando, me miró, me saludó. Absorto, al fijarme que era la extraña criatura conocida por el nombre de Pato, quién dormía allí. Se refregó los ojos, nos dirigimos hacia afuera de la casa, hasta la puerta donde por fin las miles de preguntas que tenía se articulaban al lenguaje. Pero él, adivinando la única y más trascendental de todas, con la mirada hacia el cielo y al sol que no existía ni que nunca se pondría, en este lugar  de noches internas y de silencio que emana de todo cuando todo se convierte en una gran y enorme nada, simplemente (y aunque inexplicamente) me dijo: “Sí weón, estoy muerto. Este, es mi cementerio”.






Sobre los sueños


Despierto de pronto en una cafetería con la traquilidad de haber pestañado. Estoy sentado y fumando un cigarro que no recuerdo haber prendido. Muevo mi lengua por dentro de mi boca y presionando el paladar con ella noto el sabor pegajoso de la nicotina, de hecho, me doy cuenta de que aún no he exalado el humo. Asi que tranquilamente fumo.

Llega alguien y me sirve una taza de chocolate caliente, no me sorprendo mucho, ya que es algo que probablemente hubira pedido. Asi que tranquilamente miro alrededor mío y todo se ve lógico, y de alguna manera a favor mío.

Estoy en una cafetería, sirviéndome un chocolate caliente, luego de haber fumado. Estoy en un lugar en que estas cosas suelen ocurrir, de hecho, hay otras personas haciendo cosas parecidas a las que hago yo, sin embargo, estoy seguro de que ninguno de ellos está tratando de comprobar la realidad de la misma manera como yo lo estoy haciendo, porque no observo a nadie que se esté despertando como yo lo estoy haciendo.

viernes, febrero 27, 2009

La Llave



(…, y en una ocasión le trasladó a una región del espacio donde no existen las formas, pero los gases incandescentes estudian los secretos de la existencia. Y un gas de violeta le dijo que esta parte del espacio estaba al exterior de lo que él llamaba infinito).

H.P Lovecraft


Hay momentos, cuando veo al cielo por la noche, en que miro hacia lo infinitivo y creo percibir los latidos de una presencia silenciosa y expectante. Quizás no sea nada más que el reflejo de nuestro inconsciente arrojado hacia el espacio que a su vez nos mira devuelta. Pero cuando te encuentras en un planeta completamente deshabitado hay sólo un inconsciente proyectándose mirándote de vuelta, no oyes las voces colectivas de toda esa tibia humanidad yendo hacia el abismo contigo. Extrañamente se siente como si pudieras nadar tranquilamente en un mar sin turbulencias; tranquilamente absorbido en tu propio Leviatán, como si pudieras simplemente dejarte flotar… éste es uno de esos momentos; y así, al dejarme llevar descubrí la puerta que da hacia mi exterior interno.

Día 1

Atónito, contemplo en mi alrededor la cima de una montaña que alguna vez, durante la transición que convirtió a este planeta en lo que es hoy, (una tierra graciosamente abandonada de gente innecesaria, poblada sólo por unos pocos afortunados), estuvo completamente sumergida en el mar. Me encuentro con la criatura llamada Marci, gran conocedor de temas oscuros, dueño de una envidiable biblioteca recopilada por años de ocio y terribles deseos por descifrar cuanto misterio se le pusiera por delante. Empresa a la cual mi espíritu también se siente terriblemente atraído, y aunque nuestros caminos se separen continuamente, parece que siempre terminan (cuando no inician) en un mismo lugar.

Rara vez ocurre un encuentro voluntario entre los habitantes del Planeta Cielo. Pero cuando esta criatura me aseguró haber encontrado ciertos portales hacia otras dimensiones ocultas en nuestra mente que eran de vital importancia conocer, no pude más que propiciar tal maravilloso encuentro. Estos portales, según me relató la criatura, habrían de estar custodiados por unos seres a los que prefiero no referirme (además no creo que pueda hacerlo con propiedad, ya que una parte de ellos es tiempo y otra muy diferente es espacio), baste con decir que eran los custodios de la llave maestra que podrían abrirnos la cabeza (en un sentido no tan figurado). Advirtióme que la llave sólo es utilizable una vez. Me habló también sobre viajes fantásticos a otras dimensiones, donde las leyes humanas ceden y caen por propio deseo para ser configuradas de manera diferente por sentidos maleables que suelen dormir en nuestra más lúcida consciencia. Mientras me contaba todo esto recordé por un instante a Crawford Tillinghast, y su fatídico destino; que excitado, pedante, y con voz aguda le espetó la historia a su amigo de lo que estaba a punto de descubrir (‘¿Qué sabemos nosotros –había dicho- del mundo y del universo que nos rodea?...’) No me fue necesario más. Partimos.

Como decía, estamos en la cima de una montaña y la noche está iluminada por la luz clara y antigua de una luna completamente llena. No hace frío, aunque presentía que la temperatura iría disminuyendo pasadas las horas. Llevamos todo lo necesario; agua, algo de comida, ropa, herramientas, mapas, libros, música y sobre todo: muchas preguntas… Hacía esta pequeña revisión de nuestras herramientas y provisiones cuando me dí cuenta de que ya habíamos llegado al lugar indicado. Un largo bosque oscuro limitaba nuestra vista, pero los árboles nos cobijarían de una posible noche fría. La criatura parecía haber estado de acuerdo con esta reflexión de tal forma que, (luego), comprendí porqué esperaba sentado en un montículo de piedras a que terminara de hacerme estas primeras reflexiones, y desde ahí empezar a hacernos las preguntas que sí importaban…

Así comenzamos a resolver el misterio. Y ahora qué (?).

¿Cómo sabríamos con total certeza de si estábamos o no en el lugar indicado?, ¿Cómo identificaríamos el portal y a sus custodios?, ¿Cómo se viaja a través de uno?, ¿Y si morimos?, ¡No!, peor aún, ¿y si sobrevivimos?! Este primer temor contribuyó a darme cuenta de mi completa falta de interés por responder a estas preguntas, y que la causa de mi inicial confusión parecía brotar del entorno; de los árboles y de las rocas; de algo que nos atraía más allá del bosque; fuera del cobijo de los árboles creíamos distinguir una planicie completamente abierta a los ojos de la luna, algo que pudiera parecerse a una meseta. No había duda. Ese era el lugar. Pero cuando fuí a comunicarle esto a la criatura que me acompañaba, (ahora), él ya estaba sentado encima de unas apachitas mirándome con expresión sarcástia como diciendo; terminaste (?)

De acuerdo a nuestro material recopilado, ésa debía ser la meseta de la Luna. Al menos yo así lo creía.

La criatura parecía no estar por completo de acuerdo conmigo, ya que si bien admitía que estábamos muy cerca del lugar, no creía que necesariamente ésa fuera la meseta que nosotros buscábamos, y que no sólo él opinaba esto sino que se sumaban a su argumento todas las descripciones de otros investigadores que creyeron encontrarla antes de igual forma, mas sólo resultó en espejismo y desilusión.

Tardaría mucho más de lo que me he propuesto, escribir la discusión completa que tuvo lugar en ése momento con la criatura llamada Marci, además, no creo que pudiera expresarla de manera íntegra aunque quisiera, ya que el tipo de discusión que tuvimos en ese lugar tan próximo a la insana meseta, rodeado de locura y de seres que, si bien no podíamos ser totalmente conscientes de su existencia nos sentíamos rodeados de, no una, sino varias presencias ululantes alrededor de nosotros; la discusión, decía, resulta completamente absurda. No es que diga que el razonamiento de la criatura me parezca absurdo, no, en absoluto. Solo que desconfiaba un poco que su argumento se basara más en palabras muertas que en la viva percepción del lugar; el instrumento que era yo, me decía que ése era el lugar por dudoso o absurdo que pudiera parecer. Él por otro lado, desconfiaba de mis percepciones, por el mismo hecho de verme alterado en un lugar tan insano, en cambio su razón, decía, no había sufrido alteración por nada ni nadie más que él mismo, así que, concluía, como no puedo contradecirme, debo estar necesariamente en lo cierto.
El problema no se resolvía si llegábamos a acuerdo sobre si era o no el lugar, el problema era que la llave era utilizable una sola vez fuera o no el lugar; y si no lo era no tendríamos otra oportunidad, pero si lo era…

Así que luego de una acalorada discusión; en que la criatura se sostenía en sus largos estudios en la materia, y yo me dejaba influenciar por mi intuición, fuimos poco a poco dándonos cuenta de que jugaban con nosotros. Nuestras propias ideas y pasiones, nuestro propio yo era quien no nos permitía pensar libremente; y es que claro, el yo le teme a la disolución.

En ése momento, hubo un silencio. Un confortable silencio. Como si la amenaza externa hubiera cedido ante nuestro firme deseo de continuar liberados de razonamiento. Entonces, la criatura extrajo de un pequeño bolso de cuero metálico (es la única forma en que puedo describirlo) que jamás le había visto, y eso que he visto gran parte de sus colecciones; “esto –me dijo-, es el infame objeto del que alguna vez te hablé, el que muchos lo creyeron perdido, la evidencia física de que todo lo que estamos a punto de hacer es real. Esta es la Llave”. Extrajo del envoltorio metálico un esfera perfectamente redonda esculpida con unos relieves visibles pero que escapaban al tacto, brillaba con una verde efervescencia que oscurecía todo a su alrededor. ¡Qué criatura más asombrosa era ésta!, no sólo te permite que le acompañes donde las verdades aguardan, también es capaz de confiarte, sin decirlo, aquellos temores que antes le impidieron llegar por sí mismo a este punto de la historia, pensé.

Ahora el problema era el siguiente. ¡¿Cómo diablos haríamos funcionar la Llave?! ¡¿Cómo demonios se supone que se activa?! La criatura no lo sabía. Dijo que como era un articulo perdido y que supuestamente no existía, seguramente las instrucciones nunca existieron tampoco, y lo más probable era que quién fuera antes el custodio de tan raro artefacto se descuidara de él al no tener la más mínima idea de cómo hacerlo funcionar, lo que pudo provocar la desaparición del artículo. Aún me duelen las costillas de tanto reírme ésa noche de lo cómico que resultaba ese momento. Y ahora que lo pienso, esa total falta de seriedad en un momento tan importante sirvió de algún modo para limar cualquier aspereza que pudiera quedarnos, tras lo cual fuimos capaces de decidir rápidamente cuales serían nuestros próximos movimientos.

Evaluamos el entorno, cotejamos nuevamente nuestros mapas, y revisamos nuestras provisiones. Todo parecía encontrarse en orden, pero no todo se sentía así. El lugar; las piedras, la montaña, la luna, el viento, el bosque, y nosotros; comenzaban a tener consistencia física en nuestros sentidos (o una forma de sentido mejor dicho), era como si nos tocaran el hombro, como si algo estuviera tratando de llamar nuestra atención, pero que desaparecía cada vez que nos volteábamos. ¿Cómo resolver un enigma que su propia respuesta es la pregunta?, es como intentar ver un rosotro por la espalda.  Antes de ponernos nuevamente a discutir sobre el asunto, decidimos que lo mejor era meditarlo cada uno en soledad por un rato (unos tres cuartos de rato para ser exactos). La criatura tomó la esfera, la envolvió, y se la llevó consigo a caminar por los alrededores del campamento que habíamos levantando. Yo preferí quedarme ahí mismo donde estaba, ya que tenía la extraña sensación de que si me movía agitaría el flujo de cavilaciones que tenía en la cabeza, como en un vaso lleno de agua, y era menester mantenerlo en perfecta osmosis con el aire que me rodeaba (me pareció tan absurdo, que me pareció lo correcto).

Como dije, (creo haberlo dicho), largo rato transcurrió sin respuesta. Los ruidos y en fin, la naturaleza misma que me rodeaba, no me dejaba pensar con claridad, me desconcentraba, como si trataran que no pensara, de hipnotizarme, de cautivarme con sus colores que empezaban a trasformarse en materia, de confundirme con sombras danzantes… un momento, ¡pero si mi entorno se trasforma! –grité-. Miré hacia el cielo, hacia la Luna, y lo vi. Detrás de Luna llena, jugaban, alegremente, otras lunas iguales que aparecían y desaparecían detrás de la primera, y que cuando notaron que las miraba, se convirtieron en fuegos azules que rodearon a la pálida Luna y se estiraban hacia fuera de ella, como un corazón palpitando hacia el negro espacio, cobrando más fuerza cada vez que le sonreía; le sonreía porque fue una de las cosas más hermosas que jamás había visto.

" Beatiful senses are gone
Canary in a gilged cage
Singing "*

Comprendí inmediatamente el enigma, supe porqué no entendíamos nada, y supe entonces cómo resolverlo. Grité eufórico llamando a la criatura rogando por que él también lo hubiera visto, y rogando también a que en ésa caminata él mismo no se hubiera convertido en una Mantis e intentara comerme, o se pusiera a poner huevecillos... Pero, para mi tranquilidad, la criatura venía corriendo (en su forma humana tal cual lo recordaba), alzando los brazos y con una cara rebosante de alegría. Él también había sido testigo.

La respuesta al enigma era que no había respuesta. El enigma sólo nos alejaba de la real respuesta, el miedo que sentimos antes trató de avisarnos de ello, las formas de la naturaleza también lo decían, pero nuestra comprensión del mundo es el enemigo que no permite verlo, es decir, el hecho de verlo nos hace equivocarnos. El conocimiento no nos viene envuelto en regalo para delicia nuestra. Había que despojarnos de nuestro ser, entrar en comunión con aquello que no somos y que al mismo tiempo no podemos dejar de ser; la existencia, en las cosas y en nosotros mismos, es cuestionable y debemos ponerla en duda.

Para cuando logramos aclarar lo anterior estábamos ya muy cansados para continuar y decidimos dormir; emprenderíamos un nuevo viaje al otro día. Esta vez viajaríamos liviano, nos despojaríamos de nuestros mapas, de nuestra civilización, de nuestra envoltura yoica. Iríamos con lo pequeño que somos, nada menos.

Antes de dormir, recordé a aquel investigador que, buscando la ciudad sin nombre, perdida en el terrible desierto por el que se dice que volvió el loco árabe, durmió en las afueras de la ciudad por miedo a entrar en ella de noche. Y me dormí.

Ésa noche tuve un sueño. Soñé que andaba en una montaña muy alta, cazando criaturas exóticas con mi cámara; una de la criaturas que trataba de capturar era la Luna que se me escondía, que jugaba conmigo, y no me permitía fotografiarla. Luego, atravieso largos kilómetros de tierra como si una voz fuera capaz de trasportar mi cuerpo por largas distancias. Era un grito, un gritó de horror y auxilio, aunque lo que me asustó no fue eso sino ver de quién provenían los gritos; de la criatura llamada Marci. Me gritaba que le ayudara, que un monstruo vendría por él, que él pagaría, que él moriría de forma terrible si no le ayudaba. El espanto se apoderó de mi, al ver que una persona tan elevada y racional, se me presentara reducida de ésa manera; con sus ojos abiertos de ésa forma, con ése sudor frío con el que sus manos tomaban las mías, al ver la súplica… Miré en todas direcciones pero no vi nada, ningún monstruo que viniera tras él. Cuando volví la mirada, la criatura estaba en silencio. Sus ojos volvieron en su órbita, y se le veía algo aturdido; la enajenación se había retirado. Me dijo que un monstruo, no el suyo, se había apoderado de él para horror mio.


* A Song for the Deaf, Queens of the Stone Age.

jueves, diciembre 18, 2008

Puta a las 4

Y así sucedió que mientras escuchaba ruidos nocturnos al rededor de las 4:00 am con los ojos cerrados engañándome a mí mismo creyéndome dormir algún sueño, tenía toda mi atención audible puesta en la camioneta que sonaba a como si viniera un niño de 6 años manejando en ella arrancando de algún monstruo gigante absurdo e invisible que suele aparecerse o cuando tenemos fiebre o en un muy mal viaje o cuando nos da por leernos Lovecraft, me dije: ‘Esa camioneta la próxima vez que acelere o le explota el motor por acelerar tan weonamente fuerte o sale hecha una goma como a 100 km/h en primera matando y destruyendo desenfrenadamente cualquier tipo vida que a esta hora pudiera pasarle por adelante en este pequeño y aburrido condominio’.

Casi salto de alegría al pensar que tan magnífico acontecimiento podría estar a punto de suceder ¡ahí mismo afuera de mi ventana y yo sería testigo de todo! De no ser porque me dije: ‘Esas cosas no podrían ocurrirme a mí, al menos no de esa forma ni menos, claro, en ese orden’. Así que me acurruqué en la cama un poco más (ya mi engaño era perfecto porque con esto incluía a esos movimientos nocturnos, un tanto involuntarios y azarosos, de manera natural) y me dispuse a escuchar lo que sería una vuelta de todo lo que sonaba ahí afuera, tan caótico único y hermosamente irrepetible, a una normalidad anónima inmutable y horriblemente frecuente de lo que son las noches comunes y corrientes en este pedacito del mundo en que es imposible que ocurra nada.

Pero cuando escucho que la camioneta en vez de detenerse, o por lo menos moverse civilizadamente, acelera a todo lo que da el motor quemando gaucho de neumáticos traseros en frenética huída, lo que me parecieron cientos de segundos antes de estrellarse con algún objeto duro grande e inmóvil, por el estruendoso y seco sonido que provenía del impacto, abro completamente los ojos y salto de mi cama a la ventana eufórico de alegría riendo a más no poder y decidido a tartamudear un: No!!. Hasta verlo todo con mis benditos ojos y llevar a la realidad la epifanía que se proyectaba en mi cine mental.

La camioneta había embestido brutalmente a un árbol montándolo obscenamente como un animal salvaje en celo, todo ahí él posando irónicamente riéndose de todo lo que tiene por nombre normal y tranquilo. Era increíble. No sé que me daba más risa, si la foto misma de la camioneta con humo saliéndole del motor o el imaginarme del tipo que fuera su dueño, un rato después, mirando su camioneta y pensando: ‘Ahora cómo chucha la bajo‘.

Cuando ya me disponía a aplaudir, y a regocijarme de por lo menos dos horas de esa risa abdominal tan placentera y dolorosa, veo que sale de lo que quedaba de vehículo una mina con cartera dándose tumbos. Noto que no le había pasado nada, y que pareciera estar buscando o sacando algo de su cartera. Extrae algo muy pequeño que no alcanzo a distingir, y desde un par de metros apunta con su mano derecha al vehículo y ¡activa la alarma de la camioneta!. Entonces aplaudo.

Pasadas las horas, pero no mi dolor abdominal, supe que la mina que conducía la camioneta era una prostituta borracha que trataba de robarse la camioneta de un cliente del condominio al que habría administrado algún somnífero, al menos eso fue lo mejor que pudo inventarle a la que sería su futura ex señora el dueño de la camioneta cuando ella llegó de unas vacaciones post-fin-terapia-de-parejas-de-casi-dos-años a su casa.

miércoles, noviembre 26, 2008

Curiosidad




Que sutil es el llamado de la curiosidad. Porque al fin al cabo, la curiosidad, como tal, sólo es la última pieza del rompecabezas de un gran cuadro con un gran signo de interrogación dibujado. O como la razón que se basta como suficiente para perseguir el significado de las cosas, la que nos arrastra a mirar tras la puerta, a ver respuestas de las que sólo descubrimos una; sólo aquella que la curiosidad hizo preguntarnos en un principio. Del resto, sólo cuando, por azar o fortuna, nos toque preguntarnos por ellas. Que llamativo es una puerta entreabierta, que irradia su luz hacia dentro de nuestra propia oscuridad. A veces no podemos más que ir abrirla y mirar dentro, tan sólo un segundo que sea, y descubrir, que otros secretos se ocultan tras las verdades.

miércoles, noviembre 12, 2008

Despertares

Y entonces, me miraba la cara en un amplio espejo de un baño que no era el mío. Vi que mi cara era diferente. Ese igual de ahí enfrente no se sentía (aquí, en este pequeño sector tibio que habla) al que permanecía de este lado y que forma la forma pensable con la cual te explicas el porqué estas aquí y no allá (para resumir el entuerto). Vi que la imagen de ahí enfrente, no era como creí que se vería, una vez que me mirase en el espejo, pero el peso real que me producía esa imagen, me decía, no puede ser otra cosa que mi yo mismo en realidad. Y quise parecérmele.
Al mismo tiempo que veía esto, noté que de pronto, el baño que ahora me rodeaba, también comenzaba a verse igual de artificial. Llegué a una conclusión inmediata; habiendo considerando el estado de enajenación de mi mismo en el que me encontraba, (en que no sabía si el que estaba desvirtuado era mi yo o el yo que se refleja en el espejo), esa imagen de ahí enfrente que veía y que el baño que me rodeaba eran sólo cosas a las que le rebota la luz por un momento y se tornan visibles, y que su yo debiera de estar por ahí en algún lado como el mío debía estarlo entre mi imagen y yo. Sentí un momento lástima, no por los ciegos, sino por las personas que dicen no ver de noche. Pensé: debo salir de aquí inmediatamente antes que me quede dando infinitas vueltas pensando en estupideces hasta freírme el cerebro, todo por aceptar una estúpida apuesta sobre quien duraba más tiempo pensando estupideces sin freírse el cerebro…, rayos! Ahí voy de nuevo.
Primero, salgo por la única puerta que me saca del baño, hacia lo que se suponía habría de ser un dormitorio (aunque no sé porqué dudé de esto), y después abro la puerta. Luego, me veo entrando a un dormitorio entre miles y miles de plumas cayendo, en cámara lenta, desde al aire al piso, producto de cojinazos que se pegaran unos cuerpos contra otros. Y aunque alcanzo a percibir cuerpos con poca ropa, no sé si pijamas, ropa interior, o lo que sea que usaban, no veo quiénes son. De hecho eran cuerpos sin rostros. Aunque me inclinaría a creer que eran veiteañeras que saltaban en las camas y se pegaban unas con otras, varias de ellas. Y mientras saltaban de cama en cama, una se caía, otra le pegaba en la cara con la almohada que la que caía le había lanzado antes de caer. Extrañamente, sospecho, no hacían ruido, más bien creo que yo no era capaz de escuchar nada más que el sonido de las plumas cayendo y chocando y cayendo y cayendo. Me avergüenzo un poco al pensar que esto pueda resultar ser una de mis fantasías, así que paso rápidamente entre ellas sin prestarles ninguna atención a esos cuerpos tan..., solo escuchando el sonido de las plumas cayendo, y camino hacia la noche exterior.
Una vez afuera, puedo escuchar al viento en mi cara, y el aire es fresco y azulino, pienso que falta caleta para llegar a casa. La noche es la misma de siempre; callada, quieta, repetida. Y de tantas veces de verla siento que hasta la palabra noche me gusta, me gusta el cómo va guardando tan graciosamente a otras palabras; luz, temperatura, callejones, putas, flaites, estrellas, taxis, silencio, 2:00 am, 140 km/h, luna, sombras, gritos, gatos y sueños, solo por nombrar algunas.
Luego, después de un largo rato que sucede de un segundo a otro, llego a casa. Entro, y paso inmediatamente al baño, porque sí. Después voy al fondo de la casa pero que es la misma wea que adelante, y bien podría ser un patio. Llego afuera, me siento, saco un cigarro, lo prendo, y recién me llega la sensación liviana y placentera que a veces llamamos descanso.
Me termino el cigarro y tiro la colilla hacia la casa de al lado, aunque claro, no con la intención de que le llegara a la casa ni de ensuciar la propiedad vecina (...), y tengo esta extraña sensación de lanzar varias veces la misma colilla en el mismo instante en que lo hago, como si la acción se multiplicara y dividiera hacia el mismo resultado en un mismo momento. Me voy a acostar, con la minúscula sensación que algunos católicos llaman de placer y culpa.
Cuando despierto al otro día, sólo un segundo después, aún con el sabor de la nicotina en mi boca, y estoy apunto de irme a la U, salgo de nuevo al patio, miro hacia al lado y veo que en lugar de la casa vecina hay una montaña de colillas de cigarros, ¡la casa estaba toda cubierta por los cigarros que habría tirando en la noche!. Casi me vuelvo loco si no es porque casi me río.
El impacto que me produjo me perturbó tanto que no sé cómo no me desmayé, pero al mismo tiempo sirvió para darme cuenta, tranquilamente mientras miraba a mi alrededor, que todo volvía a tener un tono artificial, un qué de simularo, y que nunca más despertaría de este sueño. Encerrado por siempre en fantasías voluntarias sin intención. Solo conmigo y plagado de las imágenes de espejo de los otros, en esta tierra extensa e infinita con la que sueño despierto todos los días.