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domingo, abril 11, 2010

La Tuerca (Director´s Cut)



Pueden ustedes llamarme Ishmael. Aunque ese no es mi verdadero nombre. Don Demi me llama así, supongo que de cariño. Vivo en la calle Las estrellas #1711 desde que aprendí a andar en bicicleta. Con mis padres y mi hermana más chica que va al colegio. Dicen que tengo algo así como una enfermedad, un retraso, algo que no me hace saber muchas cosas….

Una vez soñé con un alfiler… todo era blanco… de pronto, su punta se percata de mi, se da vuelta a mirarme, su cabeza crece hasta cubrir todo el tiempo, no puedo aguantar eso y despierto. Supongo que mi cerebro se golpeó cuando iba de camino a mi cabeza. También me dicen que lo que me falta en cerebro lo tengo de corazón, y bueno… no sé porqué dirán eso. Dicen que soy especial, pero yo no encuentro nada de especial en mi vida. Mi cuerpo hace cosas que yo no controlo, es mi mente la que habla con él, me escucha: ¿cierto Ismael?..., pero no dice mucho. Don Demi dice que mi oído es el especial, que puedo escuchar cosas que no todos pueden. Don Demi es bacán, lo conozco desde que era chico, y desde toda mi vida él ha tenido el mismo trabajo, es librero. Tiene una librería en la calle San Diego, y desde hace como 4 años él es también mi jefe. Es el mejor trabajo que he tenido.

Su nombre de verdad es Dimitrie Bratianu. Para la mayoría de la gente es Don Demetrio, pero para los amigos es Demi, yo soy su amigo. Nació en Chile pero sus papás no. Cuando habla tiene una voz ronca y áspera. Fuma arto, tiene un gran bigote y le falta una mano. Habla dos idiomas, uno que no entiendo pero que cuando lo habla su voz cambia; es como si su sombra creciera, es profunda y mágica. Cuando insulta lo hace con este idioma extraño; de sonido aglutinante, como el del viento atravesando a los árboles, las vocales, algunas veces, se oscurecen oscuras y se demoran, como raíces de las plantas en la tierra, y otras veces, son claras y apuradas, como el viento inflando las nubes. Sólo sus amigos saben cuando insulta.

Todos los años para el día de su cumpleaños hace lo mismo. Se sienta en su sillón de cuero, en el que nadie puede sentarse, prende un cigarro, saca un pesado, grande y viejo libro de cuentos que esconde una botella de Licor verde con el dibujo de un hada; brinda por Dimitrie Bratianu, bebe un vaso y lee un cuento del gran libro. Yo lo he escuchado 3 veces: “Hump!", dijo la primera vez Don Demi mirándome con ojos negros, "siempre la primera vez se parte desde el principio”. Cerró el libro de cuentos, y me citó de memoria y con los ojos cerrados algo llamado Sermón Funerario. Cerré también los míos y escuché cómo mi cuerpo se convertía en una piedra que caía sin fin por un poso. Don Demi caía conmigo. La segunda vez, fue el primer cuento del libro, "Su majestad Miau". Escuché, mientras Don Demi se atusaba su gran bigote, el sonido de un arpa y me quedé dormido. Soñé: con un  lobo que tenía miedo, y con un oso cobarde, con el rabo de un conejo; Don Demi era un zorro y yo no podía correr. Finalmente el sonido de una bofetada me despertó. La tercera vez, fue "La pequeña vejiga"; allí, la boca de Don Demi, tenía un sonido gigantesco, de ella salía fuego, casas, cerdos dispersos; temí escuchar el sonido de la palabra de lo todo. Menos mal que terminó antes que el final.
Yo no sé leer muy bien, no me gusta leer, me mareo porque las palabras se me dan vueltas. Don Demi me lee, en realidad lee para él yo escucho, siempre escucho.

Antes yo vivía en un cité, en la casa D, pero no podía salir a la calle. Mi mamá decía que me podía perder sin darme cuenta, como Alicia dice Don Demi: “Pero si no se hubiera perdido" dijo "su historia no le hubiera importado a nadie”. Un día, en el patio del cité, me quedé escuchando una gotera rota del cielo que venía cayendo por la canaleta de la casa J, a un cordel de ropa, a la muralla, a la puerta y a la letra B de Don Demi, dorada. Recuerdo que el sonido que hacía al caer y tocar el cemento de la entrada de la casa era como cuando un plato se cae y se rompe, pero aquí yo no tenía la culpa y podía escucharlo por todo el tiempo que quisiera, sin que nadie me retara; mi hermana no cree que los platos puedan romperse solos. La puerta se abrió, y fue la primera vez que vi a Don Demi. Me dijo: “¡Hazte a un lado chiquillo de mierda, y límpiate esa baba!”. Yo apunté con mi dedo al cielo. Él miro hacia arriba y la gota le cayó justo en la frente con un sonido interrumpido. Volvió a mirarme, me secó la baba y se fue sin decir nada. Le pregunté a mi papá si Don Demi era especial. Me dijo que sí. Pero con el tiempo me di cuenta de que no era como yo, él era triste y no le importaban mucho si el mundo se acababa, a mi sí.

Después de un tiempo nos cambiamos de casa, mi abuela murió y nos regaló su casa en Las estrellas donde aprendí a andar en bicicleta. Me gustan las estrellas fugaces y el campo. Una noche, estaba haciendo pichí en el campo, y miraba el cielo. Pasó una estrella fugaz que me iluminó como un rayo. Era súper grande, y fue la única estrella a la que le he escuchado un sonido. Todavía suena en mi cabeza; es como un chillido, como el que hace el sol cuando se oculta o al que hace la rata pequeña que vive debajo de mi cama. Supongo que esos son los gritos que hace una estrella cuando se cae del cielo.

Yo pienso, que en este mundo, todo lo que un hombre tiene es su trabajo. Al menos, es todo lo que yo tengo además de escuchar. Mi papá dice que escuchar no pone pan en la mesa, pero que escuchar es lo primero que un buen trabajador necesita saber. Escuchar a su jefe y hacer exactamente lo que el jefe pide. No importa el trabajo que sea, uno siempre necesita saber escuchar. He tenido varios trabajos y he escuchado a varios jefes, pero ninguno habla como Don Demi.

Todo empezó cuando cumplí 18 años, cuando me cantaban feliz cumpleaños para que las velas no se apagaran. Mi papá me sirvió una copa de un licor divertido que sonaba como cuando el mar se retira de la orilla. Me dijo: “Hijo mío, hoy te conviertes en todo un hombre, y como tal es tiempo de que busques un empleo”. Pero papá, yo no sé hacer nada. “No te preocupes hijo que yo te voy a enseñar todo lo que tienes que saber para tener un trabajo y ser un buen trabajador”. Esa noche escuché que mi mamá retaba a mi papá: “¡Pero cómo se te ocurre que va a trabajar?!" le dijo, "¡¿y si le pasa algo?!, ¡¿si tiene un accidente?!, ¿si lo maltratan o le hacen daño?... además, ¿en qué va a trabajar, dónde lo van aceptar?”. Supongo que no se puede ser especial y trabajar al mismo tiempo.
Mi papá ha trabajado toda su vida. Empezó trabajando en una tornería, fue minero, obrero, carpintero, albañil, zapatero y garzón. Ha sido subordinado y jefe, como dice Don Demi. Hoy es jefe de otras personas que hacen lo mismo que él, la diferencia está según dice: “En que yo hago menos pero gano más, porque ya he hecho mucho durante mucho tiempo, ya era tiempo de que este pequeño engranaje fuera una tuerca más grande en este gran reloj”.

Un día, mientras andaba en bicicleta, me caí porque el verde cambió muy rápido al rojo. Llamé a mi papá pero él estaba trabajando. Escuché golpes de fierro con fierro que venían del centro de la ciudad, y desde lejos vi que construían ciudad en un edificio. Pensé en mi papá, que seguramente estaba ahí trabajando agrandando a la fábrica de Santiago. Ahora, cada vez que camino por el centro de la fábrica, creo escuchar a mi papá trabajar; no puedo verlo, pero lo siento por debajo del suelo y en todos lados, lo escucho cuando la gente se mueve, también lo escucho cuando yo trabajo.
Lo primero que me enseñó fue que la plata se guarda y se junta para tener más. Un día salimos a caminar con mi papá y llegué a encontrarme $300 en monedas; la del hombre paloma, el perfil café semi cuadrado y de las por la razón o la fuerza tirados en la calle. Mi papá me dijo: “Hijo, uno nunca sabe lo que puede encontrar más adelante en el camino, pero por mientras uno siempre puede ahorrar para esperar algo mejor”. Supongo, que a veces, poquito es arto. Después, en la casa, sacó todo lo que teníamos en el frío y me dijo: “Mira, los verdes con los verdes, la comida con la comida, lo duro con lo duro, lo helado con lo helado y los huevos aparte, para cada uno una bolsa, ah! sí, toma, para que te limpies la baba”. Luego casi sin darme cuenta tenía mi primer uniforme. Usaba un gorro, me paraba detrás de la señora Marta que me pasaba las bolsas, repetía lo que me dijo mi papá, y me daban pocas monedas que juntaba con artas otras, de $10, $50 y $100 y cuando no me daban monedas me decían gracias. Al terminar el día, cuanto conté la plata dije: “Ismael hoy lograste no ser especial pero aún no te alcanza para ser una tuerca”. Así se repitieron muchos días sin ser ni especial ni tuerca, y fui juntando artas pocas monedas en un tarro Nido. Lo que más me gusta del tarro es la tapa que, cuando se cae al suelo, el sonido acuático que hace me da cosquillas.

Todos lo días me despertaba y desayunaba igual que mi papá. Mi mamá hacía sonar sus labios en mi cara y ponía mi colación en una lonchera. Acompañaba a mi papá al paradero; yo camino hasta la esquina, doy la vuelta y llego al supermercado. Saludo a Antonio, Felipe, Javiera, José, Carla, Patricio, Cristian, Andrés, Lucía, María, que hacen lo mismo que yo con las bolsas, y a Ishmael le digo: “Hola Ismael”. Y todos hacemos el mismo sonido; desordenado y plástico, rutinario y predecible. No como el sonido que hacen los tubos de aire que se llevan las cartas de las cajeras: sincronizados, limpios, caso imperceptibles; como felices. Quise seguirles el ritmo, pero era imposible, creo que mis manos eran muy gordas y pesadas, porque no cabían por el tubo y el aire no era capaz de levantarlas. Cuando llené mi tarro Nido con monedas me sorprendió descubrir que todas las cosas llenas suenan igual sin importar que haya dentro.
Algo tuvieron que haber dicho los tubos a mi jefe que le hicieron enojar conmigo, porque me dijo que ya no podía seguir trabajando ahí. Mi papá dijo que no importaba, que la experiencia era lo importante. Nunca más volví a hablarle a los tubos.

Esa noche tuve un sueño, en que el reloj de mi pieza sonaba al revés. Lo abrí, y en vez de tuercas tenía monedas.

Al otro día mi mamá me dijo: “Hijo, voy a enseñarte lo que mejor sé hacer; cantar y limpiar”. Echó artos líquidos de varios colores al suelo y se puso a cantar: “La la laaa, la lá”. Con un trapero los esparció por toda la casa para mostrarme lo que no hay que hacer. Me dijo: “Bueno, todos sabemos para qué sirve una escoba y una pala, pero cada líquido suena distinto en cada tipo de suelo; los que caen lento y pesado son para suelos que te dejan la mano fría y roja, suenan como un resbalín plástico; los que caen rápido y chapoteados son para los suelos que también dejan la mano fría pero sin color, suenan como resbalín metálico; y las que también caen lento y pesado pero que son amarillas son para suelos amarillos que suenan como la canción del mago donde bailan esas personas al son de una canción”. Don Demi dice que en realidad son los zapatos de Dorothy los que hacen cantar al suelo. Mis zapatos no cantan ni bailan ni caminan rápido, ¡menos mal!, o no podría saber cuando el suelo está bien limpio. Luego, mi mamá me dijo que hiciera sonar la enceradora hasta que me pidan hacer otra cosa: “Es que una, a menos que esté muy muy cansada, nunca termina de hacer bien su trabajo”.

Un día, limpiaba junto a ella en casa y al otro día limpiaba solo en otra parte. Tuve mi segundo uniforme; una jardinera azul, una polera roja, un gorro negro y una chapita que dice Ismael. Limpié muchos pisos que sonaron como la canción del mago y alegré a muchos niños que vieron convertido el suelo en resbalín. Junté muchas monedas y papeles que guardé en otro tarro hasta que sonara igual al primero. Pero yo aún no sonaba como mi papá. Le pregunté porqué y me dijo: “Hijo, para que suenes como una tuerca, la gran fábrica debe darte un contrato que te permitirá trabajar y sonar como la tuerca que quieres ser”.
Limpié muchos suelos. Y mi principal instrumento fue la escoba y la pala. Ya no tenía que caminar en las mañanas con mi papá; me llevaban y traían en auto de mi casa a la fábrica. Así, de pronto, trabajaba en pleno centro de la fábrica, allí donde todas las personas andan enojadas y cansadas porque sus zapatos caminan más rápido. Tenía un tarro con ruedas 10 veces más grande que mi tarro Nido, el que debía llenar con lo que cupiera en mi pala y que pudiera recoger mi escoba, el sonido era hermoso: “Rumm shit shhit, rrumm shit shit, rrrrumm!, shhiiit shhiiit. Levanto la pala… prrraamm! al tarro”. Cuando me canso; cierro la tapa, la escoba descansa en el suelo y yo me limpio la baba. Miro hacia atrás y veo que todas las personas ya no caminan ni tan enojadas ni tan rápido, es como si al respirar lo ecos de mi canción les provocaran ganas de cantar y bailar. Pero supongo que sus zapatos no estaba hechos para bailar.
Un día, escuché cantar al tío Raúl. Es una tuerca antigua que vive siempre en el mismo lugar; en una calle que se parece mucho a la grieta de piedra que está en mi patio, por donde corren las hormigas que se meten en mi casa, con la diferencia que a las hormigas no puedo escucharles sus pasos. El tío Raúl, cambia papeles grandes por chicos. Cuando grita, las personas se acercan a él y se intercambian papeles. Grita: “¡La Seguuuuund eoa!”, su canción azul y profunda retumba por toda la bóveda de la grieta de cemento como cuando el mar se mete por entre las rocas. Al preguntarle porqué gritaba me dijo que era tan sólo para llegar lo más lejos posible. Le dije que yo podía ayudarlo: “Limpiaré el suelo para que su canción pueda resbalarse mucho más lejos”. Rumm shit shhit, rrumm shit shit, rrrrumm!, shhiiit shhiiit. Levanto la pala… prrraamm! al tarro. Sin descansar. Llegué muy lejos por la grieta, y ya no alcanzaba a escuchar al tío Raúl. Pero escuché otra cosa, a la tía Inés. Ella vive al otro lado de la grieta y es la esposa del tío Raúl. Cambia pan por papeles y grita: “¡Pan amasssaaduoooó!”. Cuando le pregunté por su canción me dijo lo mismo que el tío Raúl. Le pregunté si echaba de menos al tío Raúl, me dijo que sí. ¿Y porqué no lo va a ver?. “Ay mijito, es que no tengo suficientes papeles todavía”. “No se preocupe tía, yo voy a limpiar el suelo para que su canción pueda resbalarse hasta la del tío Raúl”. Rumm shit shhit, rrumm shit shit, rrrrumm!, shhiiit shhiiit. Levanto la pala… prrraamm! al tarro. Cuando llegué al medio del camino, descansé; me sequé la baba y escuché:





Cuando las dos canciones chocaron hicieron el mismo sonido que hace mi mamá, mi papá o mi hermana cuando me abrazan. Ese día los tíos cambiaron casi todos los papeles grandes y casi todos los panes que tenían por los papeles pequeños y se volvieron a encontrar justo donde yo estaba descansando. Me dieron las gracias junto con varios de sus papeles pequeños. El tío Raúl me dijo: “Mijito, si no fuera por ti no hubiéramos podido juntarnos; mira, estos son billetes y valen mucho más que las monedas, úsalos bien”. La tía Inés me envolvió el último pan que le quedaba con el último papel grande que le quedaba al tío Raúl: “Mira, apuesto que haces sonreír a alguien con este regalo”. Y se fueron bailando y cantando hasta desaparecer entre las personas que caminan rápido. Me dije: “Ismael, hoy fuiste el engranaje que unió a dos tuercas”.
Cuando llegué a mi casa todo pasó muy rápido. Mi hermana me dijo que tendríamos un hermano. Mi papá me dijo que ahora deberíamos conseguir mejores trabajos; él una tuerca más grande y yo una con contrato. Y luego todos se reían; no sé si de la historia que les conté sobre los tíos del centro, o del pan envuelto que me saqué debajo del brazo. Don Demi también se rió cuando supo: “Ay, Ishmael", me dijo "una cosa son los dichos y otra el sonido de la ironía”.
Supongo que la tía Inés tenía razón.
Esa noche, escuché que mi hermana les decía a mis papás que me enseñaría las ecuaciones… Y tuve un sueño; en que el reloj de mi pieza no sonaba. Lo abrí, y en vez de tuercas tenía agua y burbujas, y que las burbujas al reventar sonaban tic tac, tic tac, tic tac…
Al otro día, mi hermana, mientras se miraba en el espejo me dijo: “Hermanito, las ecuaciones se tratan de igualdades. Por ejemplo, si yo te pido que vayas a entregar estos papeles a alguna parte, tu los llevas y los traes de vuelta con el sello impreso, y para mí tendrá el mismo valor aunque se vean distintos. Entonces lo que tienes que hacer es escuchar muy bien qué es lo que quieren que lleves y qué es lo que quieren de vuelta. ¿Entiendes baboso?”. La voz de mi hermana suena igual acá afuera que dentro del espejo, la mía no. “Sí, entiendo”. Es extraño pensar que todo lo que uno hace en su casa puede servir para aprender un trabajo.
Mi papá me dijo que para trabajar como una tuerca con contrato debía vestirme como una: “Debes usar el uniforme que toda tuerca luce; un traje y zapatos”. Tenía miedo de que al momento de ponerme los zapatos salieran disparados en cualquier dirección. Pero por suerte me llevaron tranquila y directamente a la central de la fábrica. Ahí, un tío calvo miró unos papeles y me dijo: “Bueno, bienvenido hijo, aquí está tu contrato, puedes empezar de inmediato”. Lo había logrado. Me convertí en una tuerca tal como mi papá. Ahora a trabajar. Lo que tenía que hacer era llevar unos papeles atravesando varias grietas de cemento para que una máquina las timbrara y luego traerlas de vuelta. La máquina que conocí, hacía el sonido más sublime y hermoso que jamás había escuchado. Era una máquina que ponía el sello Tum!, de la fábrica a los papeles Tum!, que todas las tuercas usan Tum!, y que entregan cada vez que cambiaban algo por monedas o billetes Tum!. Mi trabajo consistía, en llevar un alto de papeles hasta uno de los engranajes principales de la fábrica llamado sistema de impuestos internos, hacer una cola y entregar mis pequeños papales Tum!, los timbran; Tum! uno, Tum! dos, Tum! los que fueran. Después corría de vuelta a devolverlos. Podía quedarme horas escuchando a la máquina hacer su trabajo; infatigable, rítmico, perfecto. No había papel demasiado grueso ni demasiado delgado donde no pudiera dejar su marca. El anciano que la manejaba no se veía tan anciano como la máquina, me preguntó: “¿Va a marcar sus boletas?”. No sé qué quiso decir, pero le entregué mis pequeños papeles para que la máquina los timbrara Tum!, y pudiera llevarlos de vuelta a la fábrica.
Un día, mientras estaba hipnotizado escuchando a la máquina, volví a ver a Don Demi, staba sentado cerca de donde yo estaba y también traía varios papeles para timbrar. Me habló, no sé que dijo, el sonido de la máquina me tenía atrapado, todo el resto era silencio. Su sonido era el mismo que sólo los trenes hacen cuando llegan a la hora. Le dije: “Don Demi, ¿escucha ese sonido?, es el sonido del contrato, la firma que autoriza a toda tuerca a hacer su trabajo. Yo soy una tuerca y quiero ser reconocido como tal”. Don Demi me gritó algo que no escuché. Me acerqué lentamente a la máquina. Tum! mi mano…
Esa noche, tuve un sueño. Estaba acostado en una cama que no era la mía, con un cuerpo que no podía mover, y una mente con la que no podía hablar. Don Demi estaba a mi lado, y leía un cuento sobre un niño que luchaba contra un pirata y de cómo el pirata le temía a un cocodrilo por haberse comido su mano. “¿Yo soy el pirata?” le pregunté. “No mi querido Ishmael" respondió "tu eres el niño, pero quisiste convertirte en pirata y el reloj de la fábrica te comió la mano”.
Cuando desperté, mis papás y mi hermana dormían conmigo. Mi papá me dijo que no podía volver a trabajar, que había perdido una parte importante de mi engranaje. Lloré. Mi mamá me dijo que no me preocupara, y mi hermana me dijo que ya todo se arreglaría. Escuché unos golpes en la puerta, era Don Demi, dijo: “Que tal mi querido Ishmael, ¿sabes?, yo estoy muy viejo y me falta una mano que me ayude en la librería, por casualidad, ¿conoces a alguien que pudiera...”, “¡Yo Don Demi!, yo tengo una mano” le dije emocionado. Mis papás ya estaban enterado de todo, me dijeron que mientras dormía, Don Demi venía a verme todos los días y que les había hablado de sus intenciones de trabajar conmigo. Supongo que a veces los sueños pueden arreglan algunas cosas.
En la librería, mi trabajo consiste en limpiar y sacudir todos los libros. Le expliqué a Don Demi cómo las cosas suenan mejor cuando están limpias y ordenadas, pero a los libros no logro sacarles ningún sonido. Don Demi dice que es por la ballena. Según él, en mi cabeza vive una ballena blanca gigante; que nada, respira, crece y se esconde en el mar de mi mente, así como mi sueño con el alfiler. Yo lucho contra ella, pero no para matarla, porque la he escuchado gritar y sé que sólo tiene hambre. Pero a un monstruo no se le alimenta con dulces. Primero se le adormece con canciones. Y Don Demi sí que sabe hacer cantar a los libros. “Yo tengo el alimento para tu ballena y la canción para amansarla mi querido Ishmael”. Así que gran parte del día escucho las canciones que Don Demi le saca a los libros que yo ordeno. Don Demi es mi mejor amigo después de Ismael. Ahora tengo el mejor trabajo que podría desear, y ya no me preocupa convertirme en una tuerca ni en sonar como una.
“¡Hey! Ismael, límpiate la baba”.

domingo, septiembre 13, 2009

En Secreto


De: "Caballos Desbocados"
Yukio Mushima.

-¿Quisiera su Señoría subir a la montaña?- le preguntó. Naturalmente, los visitantes ordinarios no tienen autorización para llegar más allá de cierto límite. Más allá del este, el paso sólo se les permite a los devotos de nuestro santuario que han mostrado especial constancia y fidelidad por muchos años. Pentrar más allá del límite es, ciertamente, una solemne experiencia. Los caballeros que han llegado a rezar en la cumbre han manisfestado haber sentido la prescencia terrible del misterio.
A Honda sólo le interesaban los misterios que podían manifestarse a la clara luz del día: si algún misterio era capaz de imponerse a través de la luz, gustosamente lo declararía como tal. Los fenómenos milagrosos, los que no muestran vinculos con la realidad, apenas suelen contener una existencia sombría y dudosa. En cambio el misterio que es capaz de seguir siéndolo bajo el implacable brillar del sol será siempre un misterio digno de ocupar un sitio entre los conceptos claramente conocidos. Honda se sentía dispuesto a darle un lugar en su mundo.




La atmósfera que allí reinaba era tan tranquila, que hizo pensar a Honda que el violento dios reverenciado había ido ganando serenidad con el paso del tiempo.
Tras haber escalado un corto tramo, Honda pudo ver la zona prohibida. Dentro de esta zona, los árboles, los helechos, la espesura de los bambúes y también el sol que por todas partes estaba presente parecían, por lo menos para Honda, crear un clima de pureza y solemnidad. El fresco color de la tierra se extendía entre las raíces de los cedros. A cierta altura, su guía le mostró un hoyo, diciéndole que por allí un oso había estado escarbando. Honda pensó enseguida en los cuentos que oyera de pequeño, en los cuales se decía que el oso puede asumir muchas a variadas apariencias.




Desde allí, el sendero llevaba en línea recta a la cumbre. Aquel tramo era sin duda, el más duro de la escalada. En ciertas zonas la senda estaba borrada y los dos hombres debían asisrse a las salientes de la roca o asegurar los pies en las raíces de los grandes árboles para cruzar parajes en que la roca presentaba obstáculos que era presciso franquear. Honda estaba ya empapado de sudor y jadeaba. Era aquella larga mortificación la que deparaba la fuerza, suponía Honda, preparando al hombre para el misterio al que se aproximaba. Tal era, realmente, una ley divina.




La roca se había fundido con la roca para formar aquella masa que ahora aparecía quebrada y aplastada. Debajo, más roca se extendía en una amplia y plana superficie en declive. Más que una tranquila sede de los dioses, la escena daba la impresión de ser el resultado de una batalla o de algo increiblemente terrible. Aunque, por cierto, todo lugar visitado por los dioses posiblemente sufra una transformación de ese género.



De pronto, Honda recordó otros tiempos. Tal vez aquel terreno y aquella altura fueran causa del recuerdo. Rememoró su escalada por las montañas que estaban detrás de Chung-Nan Villa, en Kamakura, cierto día de verano, diecinueve años atrás. Habían llegado a una altura desde la cual se podía divisar a distancia el gran Buda de Kamakura a través de los árboles. Kiyoaki y él habían intercambiado divertidas miradas a costa de los dos príncipes siameses, quienes se había rrodillado reverentemente en cuanto alcanzaron a ver al Buda. Honda nunca había sentido desde entonces inclinación por burlarse de semejante actitud.
En los intervalos que dejaban dos rachas de brisa, el silencio se enseñoreaba del lugar. El oído de Honda captó el zumbido de un tábano industrioso.



-¿Quisiera Su Señoría aprovechar la oportunidad para practicar la purificación por las aguas?-dijo el guía.
- No estaría bien que me bañase ¿verdad?
- Al contrario, señor. Cuando el agua de la cascada golpea a un hombre, aclara su cabeza. Eso es, precisamente, lo que transforma la prueba en una experiencia religiosa. No debe usted preocuparse.
Honda advirtió que habían allí dos o tres túnicas kendo que colgaban de unos clavos. Había sido precedidos por otras personas.
- Han de ser lo estudiantes que asistieron a los enfrentamientos esta mañana, señor. Tendrán que hacer las ofrendas de las lilas y se les ha ordenado venir aquí para purificase.
Honda se quitó la ropa, quedando en calzoncillos. Así ataviado se encaminó a la puerta que daba a la casacada. A un costado del lugar en que el agua caía podía verse una gruta, donde se encontraba un pequeño altar dedicado al fornido Dios del Fuego. Los helechos, las florecillas salvajes y los sakaki, todos ellos salpicados por las aguas, crecían por doquier en la semipenumbra que se extendía a sus pies. La pesadumbre de aquélla visión sólo resultaba aliviada por la blanca espuma que formaban las aguas al desplomarse. El sonido del choque se esparcía en ecos roncos por los muros rocosos que rodeaban el lecho de la cascada.
Cuando uno de los muchachos vio a Honda, hizo señas a sus compañeros y todos retrocedieron, haciendo reverencias que indicaban que le dejaban el sitio. Fue entonces cuando Honda vió entre ellos al joven Iinuma.
Honda se dirigió al lugar donde caía el agua; pero ésta golpeó la parte superior de su cuerpo con tal fuerza, que tuvo que apartárse rápidamente. El joven Iinuma, riendo con alegría, llegó hasta donde él estaba y, levantando ambos brazos para mostra a Honda la manera de aminorar el choque del agua, se colocó bajo ella. Permanció así durante unos momentos, cortando con la punta de sus dedos el chorro o abriendo las manos bajo él, como si sostuviera una pesada cesta de flores. Luego se volvío a Honda y sonrió.
Honda recordó las palabra de Kiyoaki cuando agonizaba:
- Te veré de nuevo. Lo sé. Bajo la cascada.

viernes, mayo 08, 2009

Caramel Macchiato (parte II)

El tipo del libro espera su turno en la fila sin saber que pedirá, detrás de la pareja de abuelos, y detrás de David. Mira los cientos de combinaciones posibles para su futuro café, escuchando lo que los demás ordenan, creyéndolas todas buenas opciones. Resolvió de antemano de que si llagaba su turno y aún no se decidía, pediría lo mismo que el último que ordenara sin importarle qué fuera, con tal que el tiempo de indecisión, luego que Jenifer le dijera: "¡Hola!, ¿Cómo te llamas? y ¿qué deseas?"..., no fuera lo suficientemente extenso como para evidenciar lo inadaptado que era socialmente, en cuyo caso balbusearía y compraría cualquier cosa -hasta el muffin descompuesto- y se iría a cualquier parte lejos de allí para no volver nunca. De pronto, sin haberse dado cuenta, más adelante en la fila se le apareció, cual Mefistófeles a Fausto, una mujer que le daba una perfecta espalda y que, gracias a que traía el pelo tomado sobre el cuello, podía verle desnuda. Desnuda tan sólo de una polera abierta hasta los hombros que desnudaba sutilmente su hombro izquierdo y todo el largo de su cuello. Y es que a veces la desnudez más sensual se logra en la mezcla exacta entre ropa y desnudez. Las personas desaparecieron junto con los ruidos, los olores, los colores y el resto de cosas, dejándola sola, a ella de pie, de espalda e inmóvil, plantada ahí en medio de la nada. La vio hermosa. Se le hizo urgente conocer dos cosas para tranquilizar su exaltado ánimo: su nombre y su rostro. Lo primero, para sintetizar en un concepto el cúmulo de sensaciones que se le dispersaban en su alma para luego, en la gran biblioteca del recuerdo, tomar aquel libro cuyo nombre podría evocar esta maravillosa sensación; cada vez que estuviera a punto de dormir, acariciaría la imágen de él besándola inagotablemente en algún improbable futuro. Lo segundo, para que su nombre tuviera sustancia material a la cual poder anclar su subjetividad y su recuerdo con la promesa de no olvidarla jamás, como jurara antes también con miles de de otros rostros fugaces de muchachas ya olvidadas -o quizás, nunca recordadas apropiadamente- a las que jamás les supo sus nombres.

En ese momento fue el turno de ella, y antes de que pidiera su orden él sabía que le preguntarían su nombre y pensó nuevamente: “Que suerte estar en un café donde justo a uno le preguntan el nombre”. Aunque poco sabía él que mientras más alto crece su esperanza en acontecimientos futuros y fortuitos más duro caen al suelo caótico el azar de la decepción del presente.
Lo único que debía hacer era escuchar. Deseó fuertemente no quedar sordo por algún gen recesivo que tuviera su estirpe y que se le manifestara justo ahí sin aviso, o que dios incluso no lo privara del don de la audición sólo por haberle dado la gana de castigar alguien justo ése día -martes con lluvia-. Dejando de lado estas supersticiones, tomó la precaución de fijar toda su atención en el espacio que había entre la mujer de espladas y Jenifer. Pero, al intento de aumentar su percepción auditiva, proporcionalmente aumentaron también todos lo demás ruidos: la máquina del espresso hirviendo vapor, una de las dos jugueras que bate la mezcla del café y crema, las voces de la demás gente, el traprero con el que David limpiaba el suelo, el paso del mundo, sus propios latidos cardiacos… creyó incluso escuchar la respiración atorada de una hormiga que se cruzaba por la nube de humo del último cigarro que prometió fumar la Sra. Delaila sentada incómodamente sobre sus hemorroides en el sofá del segundo piso. Gran decepción tuvo porque no pudo entender palabra en esta batahola de ruidos dispersos. Vio que anotaron el nombre de ella en un vaso plástico y que ahora tomarían su pedido. Su estado de decepción hizo volver los ruidos ambientales a su intensidad original y con ello -y accidentamente- logró escuchar la orden que pedió -último vestigio de un deseo sin nombre- que cinceló en su memoria como si hubiese escuchado su nombre: Caramel Macchiato, había dicho ella.

jueves, diciembre 18, 2008

Puta a las 4

Y así sucedió que mientras escuchaba ruidos nocturnos al rededor de las 4:00 am con los ojos cerrados engañándome a mí mismo creyéndome dormir algún sueño, tenía toda mi atención audible puesta en la camioneta que sonaba a como si viniera un niño de 6 años manejando en ella arrancando de algún monstruo gigante absurdo e invisible que suele aparecerse o cuando tenemos fiebre o en un muy mal viaje o cuando nos da por leernos Lovecraft, me dije: ‘Esa camioneta la próxima vez que acelere o le explota el motor por acelerar tan weonamente fuerte o sale hecha una goma como a 100 km/h en primera matando y destruyendo desenfrenadamente cualquier tipo vida que a esta hora pudiera pasarle por adelante en este pequeño y aburrido condominio’.

Casi salto de alegría al pensar que tan magnífico acontecimiento podría estar a punto de suceder ¡ahí mismo afuera de mi ventana y yo sería testigo de todo! De no ser porque me dije: ‘Esas cosas no podrían ocurrirme a mí, al menos no de esa forma ni menos, claro, en ese orden’. Así que me acurruqué en la cama un poco más (ya mi engaño era perfecto porque con esto incluía a esos movimientos nocturnos, un tanto involuntarios y azarosos, de manera natural) y me dispuse a escuchar lo que sería una vuelta de todo lo que sonaba ahí afuera, tan caótico único y hermosamente irrepetible, a una normalidad anónima inmutable y horriblemente frecuente de lo que son las noches comunes y corrientes en este pedacito del mundo en que es imposible que ocurra nada.

Pero cuando escucho que la camioneta en vez de detenerse, o por lo menos moverse civilizadamente, acelera a todo lo que da el motor quemando gaucho de neumáticos traseros en frenética huída, lo que me parecieron cientos de segundos antes de estrellarse con algún objeto duro grande e inmóvil, por el estruendoso y seco sonido que provenía del impacto, abro completamente los ojos y salto de mi cama a la ventana eufórico de alegría riendo a más no poder y decidido a tartamudear un: No!!. Hasta verlo todo con mis benditos ojos y llevar a la realidad la epifanía que se proyectaba en mi cine mental.

La camioneta había embestido brutalmente a un árbol montándolo obscenamente como un animal salvaje en celo, todo ahí él posando irónicamente riéndose de todo lo que tiene por nombre normal y tranquilo. Era increíble. No sé que me daba más risa, si la foto misma de la camioneta con humo saliéndole del motor o el imaginarme del tipo que fuera su dueño, un rato después, mirando su camioneta y pensando: ‘Ahora cómo chucha la bajo‘.

Cuando ya me disponía a aplaudir, y a regocijarme de por lo menos dos horas de esa risa abdominal tan placentera y dolorosa, veo que sale de lo que quedaba de vehículo una mina con cartera dándose tumbos. Noto que no le había pasado nada, y que pareciera estar buscando o sacando algo de su cartera. Extrae algo muy pequeño que no alcanzo a distingir, y desde un par de metros apunta con su mano derecha al vehículo y ¡activa la alarma de la camioneta!. Entonces aplaudo.

Pasadas las horas, pero no mi dolor abdominal, supe que la mina que conducía la camioneta era una prostituta borracha que trataba de robarse la camioneta de un cliente del condominio al que habría administrado algún somnífero, al menos eso fue lo mejor que pudo inventarle a la que sería su futura ex señora el dueño de la camioneta cuando ella llegó de unas vacaciones post-fin-terapia-de-parejas-de-casi-dos-años a su casa.

miércoles, noviembre 26, 2008

Curiosidad




Que sutil es el llamado de la curiosidad. Porque al fin al cabo, la curiosidad, como tal, sólo es la última pieza del rompecabezas de un gran cuadro con un gran signo de interrogación dibujado. O como la razón que se basta como suficiente para perseguir el significado de las cosas, la que nos arrastra a mirar tras la puerta, a ver respuestas de las que sólo descubrimos una; sólo aquella que la curiosidad hizo preguntarnos en un principio. Del resto, sólo cuando, por azar o fortuna, nos toque preguntarnos por ellas. Que llamativo es una puerta entreabierta, que irradia su luz hacia dentro de nuestra propia oscuridad. A veces no podemos más que ir abrirla y mirar dentro, tan sólo un segundo que sea, y descubrir, que otros secretos se ocultan tras las verdades.

domingo, agosto 10, 2008

Caramel Macchiato (parte I)



Un día, fuera de los lindes del Planeta Cielo, el universo parecía normal, como si todo siguiera igual, sin poder entenderse; los planetas giraban como se supone que deben ir haciéndolo, las galaxias también, el abismo etc... la Tierra por ejemplo, se transponía tranquilamente sobre su eje con movimiento tal, que daba la impresión de como si se llevara frazadas invisibles a un inmaterial cuello y se girara para disponerse a dormir de lado, llevándo la noche a algunos lugares y el día a otros. Sólo en un pequeño lugar de la Tierra... llovía. Era un día martes, sin hora ni fecha específica.

Estamos en un starbuck. Tiene dos pisos; arriba hay algunos sillones y un par de sofás; unas cuantas mesas y sus sillas. En una de ellas están sentados Alexandra y Sergio -novios- cerca de la Sra. Delaila -viuda-, sentada incómodamente; de piernas cruzadas, cargando una nalga sobre la otra, codo sobre un muslo, café en mano, en estos sillones modernos, como ella misma entonaba despectivamente para sus adentros, mientras encendía el que sería su último cigarro. 
Abajo; está la caja, el mostrador, y claro, la vitrina exhibiendo muffins, tartas y un queque de arándano con pintitas que parecen moho como si se viniera pudriendo desde hace días. En la caja está Jenifer comiendose las uñas en su tercera semana de embarazo psicológico. En el mostrador vemos a José, cargando un shot de caramelo a un latte, en el que será su último día de trabajo. Vemos también, barriendo para variar, al siempre diligente, servicial y ya por tercer mes consecutivo empleado del mes, Tomás. Enfrente hay una mesita con varios frascos con polvos de diferentes colores....
En una de las mesas que están afuera hay un tipo sentado, completamente arrebatado del mundo por un libro que le prestaron hace algún tiempo -más del que su dueño solía tolerar, otra vez-, y del que sólo después de llegar a algún punto muerto entre puntos y comas, tomar un profundo respiro y cerrar lo ojos por unos segundos, lograba apenas desprenderse del libro. Era como si despertara con caña; cagao de sed, mareado, presión baja y la cabeza a punto de explotar. Miró a su alrededor y el mundo poco a poco tomaba nitidez a medida que sus sentidos, algo aturdidos, volvían hacia el exterior. Vio siluetas de personas que conversaban, reían, compraban café, aseaban, caminaban, esperaban... todas sombras ululantes. Se vio a sí mismo en el café y le dieron unas ganas increibles de tomar uno para componer su caña, se dijo: "Que suerte estar justo ahora en un café". Fue e hizo la fila. Aunque poco sabía él que lo que llamaba suerte luego transmutaría en maldición y en la razón de posteriores noches de insomnio.

En la fila, hay una pareja de ancianos a quienes nadie hecha de menos -nadie excepto su nieta...- que vienen llegando de unas vacaciones en el extranjero, riendo a carjadas porque acaban de intuir que la más pequeña de sus hijas, Ariel, estaba por fin embarazada -...Rocío, de tres meses en el vientre de su hija-. Tomás, el empleado del mes, repartía cafés para luego ponerse a trapear el suelo como siempre hiciera, solo que hoy aquella mecánica tarea lo llevaría a sufrir un accidente hacia el final de esta historia; y, aunque nada grave -sólo una esquince-, producto del mal cuidado de la lesión en su tobillo, más el hábito durante años de ir ejerciendo peso sobre el tobillo afectado, quedará cojo de una pierna, razón que le impidiera presionar fuertemente el freno de su automóvil -muchos años después del final de esta historia-, y evitar el trágico accidente que costara la vida a David -que también hoy se econtrara en el mismo café, quien, con 12 años salió por primera vez a caminar solo sin avisar ni pedir permiso a nadie, y quien, con el tiempo, se dedicaría a salir a caminar para encontrar lugares especiales y llamarlos raros. Una vez por ejemplo, mientras caminaba, con 25 años, descubrió el lugar exacto donde moriría. Exaltado y sin saber que hacer miró la hora (2:00 am), gesto que desvió su atención haciéndole olvidar que estaba en medio de una calle, oscura, húmeda y resbalosa, donde no pudo ver el vehículo que venía por su izquierda ni tampoco notar que en él conducía Tomás, que como sabemos, quedó con un defecto en su pié (defecto, del que incluso David hiciera un comentario un día martes en que llueve después, de haberse comprado un chocolate caliente), muriendo exactamente a las 2:01 am-.

miércoles, febrero 06, 2008

22 / 01 / 2003 Una historia sobre el sol

Este es una historia que encontré por ahí en uno de mis cuadernos y que hoy sentí repetirse.

Hoy, en el Planeta Cielo llueve. Como ayer y como quizás lo haga mañana (nada raro, pienso). Pero es pleno verano aún y se ven correr despavoridos los trajes de baño.
Creo que hacía tanta calor que el sol decidió también darse un chapuzón, salpicando al mundo de gotas y oscureciendo al cielo más temprano para salir a disfrutar de la noche, mientras la luna baila con las nubes mostrando a ratos su pálido vestido.
Hoy el sol disfruta de la lluvia en verano. Nos bebemos un vodka naranja; yo pensando, él de incógnito, sentados disfrutamos de un jazz que se confunde sutilmente con el viento fresco que nos llega del Este. Él ríe con una cálida sonrisa adornada de brillantes dientes. Lentes de sol y polera amarilla, cualquiera lo confundiría con una persona normal, y mejor aún, con nadie en particular,porque además ya casi nadie se acuerda de su cara porque ya nadie lo mira directamente. Me dice que, a la mitad de su vida, lo ha pasado bastante bien, pero que hace rato que necesitaba un refrigerio, y que a veces le cansa mucho el trabajar siempre de sol a sol. Me dice que, pocas veces a estado con alguien que lo mire directamente a los ojos y que hoy está conmigo porque me considera su amigo, ya que cada vez que puedo me despido de él desde algún bello atardecer.
"¡Repitámoslo otra vez!", me dice y ríe, "tenemos todo un día para hacer lo que queramos, aunque no sé si tu vida dure tanto", agrega mientras brindamos (ahora yo con un wiskey y hielos y él con un tequila sunrise), yo inclino mi cabeza en señal de respeto ante alcurnia criatura longeva.
Que corta es la noche, ¡cómo se disfruta!, una compañía como pocas o ninguna.
Me da las gracias por la velada, por la comida (aunque la prefiere poco más caliente), por los tragos y especialmente por la amena conversación. Me explica que mañana tiene que madrugar, que tiene que trabajar, y se empieza a alejar dejando una hermosa alfombra de colores rojos, naranjos, violetas y otros más, una bufanda de nubes adorna su corona y la calidéz poco a poco empieza a desaparecer, y él también.

Hoy llueve como ayer y quizás como lo hará también mañana, me pregunto si esta noche también vendrá a visitarme el sol.

domingo, enero 13, 2008

La Plaza (dos)


¿Porqué en las plazas nos da por sociabilizar?, entendiendo por esto último a todo tipo de conducta dirigida con cierto propósito de acercarse a un otro que se encuentra en la misma plaza. ¿Será por los árboles, el pasto, lo verde, la tierra, el llano, los insectos, esa especie de micro ambiente que a veces es homologable a un oasis en pleno desierto?, o quizás, por un gen mnémico, la mezcla de estos elementos nos recuerda a la selva cuando estábamos rodeados por nosotros mismos, con más pelos que ideas, y con la sensación de que si nos alejamos de los demás pudiera ser peligroso. ¿Podemos recordar las cosas con este tipo de seudo-voluntad genética?, no creo, pero no es vano el ejercicio de preguntarlo.

Aunque no siempre nos da por sociabilizar, y sólo sentarnos en cualquier parte, solos o acompañados, a pensar o conversar, a mirar el pasto crecer, las hormigas caminar, el cielo ocurrir, la noche caer, las estrellas hablar, los perros postearse, los niños jugar, las minas admirar, el mundo sentir, tus hijos crecer -o, una de las cosas más hermosas- ver pasar, sentir transformar las nubes, movimiento similar con el que se modifica tu persona con el paso del tiempo y el viento. El punto es que, sea uno o lo otro que nos ocurra siempre nos va a pasar algo estando en la plaza.

A veces me pasa que no siento estar en un lugar desconocido, como si todas las plazas me fueran de algún modo conocidas aunque nunca haya estado en tal o cual, obviando el hecho de que todas sean, si no iguales, muy parecidas.

sábado, diciembre 15, 2007

La nueva vida (1)


Estaba en una de esas casas extrañas. De esas que podría haber sido tu casa en cualquier momento de tu vida, sólo que naciste en otra parte. Con una de esas personas que, si fuiste hijo único podrías acercarte a la sensación instantánea de saber que, quien está ahí contigo es tu hermana perdida.
Ahí estaba, cuando de pronto me doy cuenta de que era feliz; porque todas las personas que ya no te acompañan, que se diluyen en el paralelismo lógico de haber nacido en otra parte, ya no duelen tanto, porque has acalarado la verdad que te liberó de la se creía era la vida verdadera, y porque esta hermana siempre estuvo ahí, en esta vida y en la otra, para escuchar y hacerte saber que todo lo que viviste y todo lo que dijiste en delirios, fue real y no un sueño.
Fuí feliz, por que la vida sonríe cuando estas en el infierno, o no?
Y bueno, como en toda historia en dónde alguien necesariamente muere (sea la némesis, el héroe, o a lo menos un negro) mi hermana se va, se va de ésa obligación de encontrarnos en ese lugar común, de esos lugares a los que en tu vida nunca hubieras ido, sino por cierta obligación, azar o fortuna. 
Pero bueno, Shinichiro Watanabe me enseñó que las cosas tienen que acabar alguna vez - en su mundo, a los 26 episodios-, asi que esto tiene que acabar y estas palabras también.

viernes, noviembre 16, 2007

Séquito

(Cementerio del monasterio en la nieve, Friedrich C.D, 1819)

Mientras caminaba junto a mi séquito fúnebre en fila tras el atúd que llevaba mi cuerpo, pensé en quién sería el que me fuera a echar la tierra encima como si me hiciera la cama. Y recordando, pensé en que bien podría ser mi madre; recordé de cuando me tapaba al dormir. O en quién vendría a buscar este pedazo de ave que viene pensando weas.
Recuerdo que antes de morir miraba hacial cielo. Era perfecto. No recuerdo que escuchara algo, pero la vista era increible. Recordé también porqué me hice cagar fumando tantos cigarros.

Sin embargo, cuando te des cuenta de que el séquito siga caminando pero tu no, y los silencios empiecen a devorarse las cosas, prende el último cigarro, y cuando sientas que una voz llama tu nombre y suavemente toque tu espalda para que le des la mano, te advierto, sólo son dos posibles entidades; uno: El, el otro: Él.
No trates de escoger, es inútil, no sabrás a quien le diste la mano. En cambio, deja que el peso de tus manos te las bote al suelo. Y cuando se acerquen a tu cara, expúlsales el humo de ese cigarro cargado con la mierda de la vida adosadas con nicotina en tus putrefactos pulmones, para que se imaginen lo que siente ser sus marionetas.

martes, julio 17, 2007

P

(La Noche, Néstor de la Torre, 1917)
Esta noche está llena. incluso de cosas  que no están. pero la desesperación, la angustia, el deseo, la incertidumbre; todas particularidades femeninas del discurso hacen, provocan, inspiran a dedicar palabras, todas ambiguas e infantiles, al sufrir y a la culpa y al egoísmo...
de amor no se muere,
con culpa me río,
ah, dolor, vivo.
Me sobran mentiras. lleno de decepciones. pero sé que esto terminará.
mientras la soledad del paraíso tienta mi infierno. descendiendo la escalera y pretendo tocar fondo. fondo que nunca quise tocar, que nunca quise darle mi piel. que nunca quise y que ahora adoro...

jueves, mayo 10, 2007

Al otro día...

La prosa camina pasos como uno a veces. Sale a caminar, por algún lugar desconocido; sentirse  como un extraño al que nada le ocurre fuera de lo que se relata, y mentir sobre ello.
O por otro familiar; de esos que se caminan solos. 

miércoles, noviembre 29, 2006

La Plaza (parte uno)


En una plaza no hay nada narrativo, creo que por eso escribo.


Deambula una paloma sin ser consciente de que en la misma plaza hay otra haciendo lo mismo; que no es consciente de que en la misma plaza hay otra haciendo lo mismo; que no es consciente de que en la misma plaza hay otra haciendo lo mismo...

En el centro de la plaza hay un busto que otorga el nombre a la plaza. Esta tiene el tamaño de casi una cuadra, con límtes de calles muy transitadas. Tiene un teléfono público y dos quioscos, uno a cada lado. Los árboles, 36 en total, nacen en jardineras de cemento, 1/5 de ellos nacen de tierra artficial. El pasto parece cualquier cosa menos pasto; unas un dormirtorio canino y de otras bestias (escolares, ebrios, etc); otras, escondites de narcóticos.
Transita mucha gente en la plaza, pero no se nota porque hay una entrada del metro.

Hay dos café´s y un pequeño restorant chino en los que nunca he visto entrar a nadie, o los veo ya sirviendose algo o ya pagando como si fueran extras de una película.
En las bancas, o lo que sirva para sentarse, hay personas de todo tipo, mas personas en fin; por ejemplo no falta la pareja que si no está pelando es porque recién llegaron; también está la señora que anda comprando con su o sus hijos pequeños y que mientras descansa deja jugar a su hijo a dar vueltas, muy parecido a las palomas; hay también un quinteto de niñas escolares entorno a ellas mismas y a un par de cigarros, comprados en el quisco de la misma plaza; y claro está el hombre que riega, el que limpia, y el que ensucia, y aquellos que juegan dama.
Y por supuesto está el tipo de poca apariencia y que da la impresión de que viviera en la plaza.

Arriba está el cielo con el sol en alguna parte, en medio el viento típico de la plaza, para mí siempre un placer. Por debajo el tránsito del metro y la emergencia de los hombres topo.

Pareciera que todo estuviese en moviento, pero luego de estar un rato inmóvil te das cuenta que lo único constantemente estático es la plaza (bueno además del busto), que permite el movimiento que vemos; la idea, que detiene la percepción y entiende, de la plaza que ahora me rodea y que se hace sentir en todos los demás que está aquí.

Pasa un ciego y un sordo, un heladero y personas de traje, un rufián y un villano, el galán y la dama y la puta, un estudiante, un niño, uno que bosteza y otro que escribe; y pareciera que todos disfrutaran de su plaza, esta plaza.

domingo, octubre 22, 2006

Velorio

Estoy en vela.
No creo que hayan ni tantas o pocas razones para estarlo, y, a pesar de todo estoy en vela.
Así como el sereno, sólo que al sereno siempre alguien parece acompañarlo; sus pasos, una luz, que se yo. Al menos es lo único que se me ocurrió.
Pero no sé si realmente el sereno esté solo, lo que sí sé es que yo estoy en vela.

De hecho, ni el maldito lápiz con el que escribo me acompaña, tuve que cambiarlo, como si no tuviera ganas de escribir, como si se cansara de escribir, como si no tuviera nada qué escribir. Supongo que en algún sentido, el lápiz ya no es Lápiz como tal porque ya no sirve, supongo entonces que ya tampoco soy Humano, entre otras cosas, porque estoy en vela.

No sé. No encontré nada mejor que escribir.
Tenía ganas de realizar grandes cosas, trazar grandes proyectos, pero una vez que cerré los ojos para pestañar se me desvanecieron todos los planes. Que pena que la tarea del respirar sea, por lo general, una tarea un tanto automática porque sino juro que me hubiese entretenido jugando a respirar.
Pero no. Escribí, escribo.
Pienso en Wilde cuando dice: “Para escribir sólo necesitas dos cosas, tener algo que decir y decirlo”. Bueno, yo tengo nada que decir y no sé cómo decirlo; y aquí estoy escribiendo. Creo que tiene razón en la sentencia, porque puede que los dos nos equivoquemos, lo más probable es que cuando dijo esto haya estado también en vela.

Estamos al inicio de la primavera. Cuándo nos llaman los jazmines y nos abriga el sol aún tímido aún fresco y bla, bla. ¡Pero llueve!. Creo haber escuchado a algunas personas que la llaman la Mata Pajaritos...
A propósito, pienso en que una de cosas más antiguas que hemos conocido es la lluvia que cae para todos por igual, de arriba a abajo. Proust dice sobre la lluvia: “Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende, toma reglas, adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: llueve."
Tengo una prima de no más de catorce años (imposible menos de diez), que se fue a vivir a Iquique con su familia cuando ella tenía entre uno y tres años; una vez, estando de vacaciones en Santiago, (más bien en el campo de Toquihua), tenía como ocho años -no, creo que menos-, y jugaba con las gallinas. De pronto, algo pasó. Se fue corriendo con más asombro que con miedo donde su mamá -mi tía-, le dijo que algo pasaba afuera; salieron a mirar y mi prima preguntó: “¿Qué es eso?”. Mi tía respondió: “Eso? eso es lluvia”.
Mientras digo esto, irónicamente a dejado de llover, como si la lluvia disfrutara con estas historias de niños y lluvia y se hubiera ido. Es muy probable de que se haya aburrido de llover, yo hace rato que estaba aburrido de ella. Hoy la lluvia fue como el colmo de todo, aunque poco o nada me hubiese pasado. Siento que más encima llueve, así como los chistes, pero éste no es gracioso, al menos para mí, porque sigo en vela.

Que desagradable. Pienso en qué habré hecho para merecer esto, porque algo tuve que haber hecho para no tener sueño. Tengo bostezos infértiles, cansancio impotente y el techo más atractivo del mundo. Pareciera que no tuviera fin, ¡porque no lo tiene!, pudiera terminar en cualquier momento y de cualquier forma. Como las malas historias, que no tienen un final como tal, o como la lluvia que es más fácil acordarse del cómo y cuándo empezó que al cuando terminó; quizás la lluvia sea eso una mala historia, aunque sería dotar demasiado positivamente a las malas historias. Porque las que son malas son malas y punto. Entonces este velorio pudiera terminar así, como una mala historia, como la lluvia, o como los velorios; cuando se llevan al muerto, al finado, el occiso, al fiambre, al dormido. Cuando las velas se apagan, cuando la lluvia cesa, o cuando muchas de nuestras historias acaban porque nos da sueño; oye, si hasta el sereno a veces duerme...